En esos casos, el resultado no es la protección comunitaria, sino un freno al emprendimiento local y una ventaja para quienes concentran el mercado

En el debate público sobre las viviendas turísticas, los edificios que concentran este tipo de operación han quedado atrapados en una narrativa simplificada. Con frecuencia se les presenta como un problema urbano en sí mismo, sin distinguir su funcionamiento, su marco regulable ni su impacto real en la ciudad. Esa visión reduccionista ha derivado, casi de manera automática, en regulaciones restrictivas que parten más de la percepción que del análisis técnico.

Después de años en los que se han subrayado los posibles riesgos, vale la pena abrir una conversación más equilibrada. Resulta indispensable observar qué aportan estos edificios cuando operan de forma profesional y regulada, sobre todo cuando la legislación se apoya en límites arbitrarios y no en criterios técnicos. En esos casos, el resultado no es la protección comunitaria, sino un freno al emprendimiento local y una ventaja para quienes concentran el mercado.

Uno de los impactos poco reconocidos de las viviendas turísticas es su papel en la reincorporación de espacios al tejido urbano. Durante años, la Ciudad de México ha convivido con edificios cerrados, deteriorados o en franco abandono: inmuebles que alguna vez tuvieron vida, que formaron parte activa de la dinámica urbana y que, con el paso del tiempo, quedaron fuera del circuito económico y social. Hoy, muchos de esos espacios comienzan a recuperar su función gracias a proyectos vinculados a este sector.

La rehabilitación de edificios abandonados se ha convertido en un punto de encuentro entre inversión privada, planeación urbana y recuperación del espacio. Rehabilitar no significa únicamente pintar fachadas. Implica estudios estructurales, rediseño arquitectónico, actualización de instalaciones eléctricas e hidráulicas, mejoras en accesibilidad y, en muchos casos, una transformación integral del uso original o, incluso, recuperación de zonas de monumentos históricos protegidos por el INAH. Cada proyecto activa una cadena económica que involucra arquitectos, ingenieros, proveedores de materiales, mano de obra especializada y servicios locales.

El resultado son edificios que regresan al circuito urbano con estándares de calidad acordes a las necesidades actuales: espacios seguros, funcionales y bien mantenidos, que elevan el valor de su entorno inmediato sin desplazar necesariamente a la vivienda tradicional. Incluso, hemos comenzado a observar una tendencia innovadora: proyectos que incorporan desde su origen un porcentaje destinado a renta de largo plazo o a esquemas habitacionales permanentes, lo que contribuye a ampliar la oferta de vivienda en zonas donde llevaba años sin crecer.

En el ámbito de la construcción, la vivienda turística también ha funcionado como un vehículo para facilitar la viabilidad financiera de nuevos desarrollos. Permitir que un edificio opere durante un periodo determinado bajo este esquema genera ingresos previsibles, reduce riesgos y abre la posibilidad de ofrecer opciones de adquisición a perfiles que, de otro modo, quedarían fuera del mercado. Para muchos jóvenes, esta fórmula ha representado una puerta de entrada a su primera vivienda, en zonas bien ubicadas y con acceso a servicios.

Este mecanismo no sustituye a la vivienda tradicional; la complementa. Permite que los proyectos se consoliden, que los desarrolladores recuperen inversión y que, con el tiempo, el uso de los inmuebles evolucione conforme a las necesidades del entorno. La ciudad, al final, es un organismo dinámico. Pensarla como una estructura rígida conduce a soluciones que rara vez funcionan en el largo plazo.

Otro aspecto poco visible es la diversidad de esquemas de propiedad. No todos los edificios pertenecen a un solo dueño. En realidad, muchos desarrollos reúnen a múltiples propietarios, pequeños inversionistas o familias que apuestan por modelos mixtos. Esto desmiente la idea de que el fenómeno responde únicamente a grandes corporativos, dueños de edificios completos. En la práctica, se trata de arreglos flexibles que conviven con vivienda de largo plazo, usos habitacionales tradicionales y viviendas turísticas.

A ello se suma un elemento clave: propiedad y operación no siempre van de la mano. Cada vez es más común que el propietario conserve su activo mientras la operación se profesionaliza a través de terceros. Esta separación introduce orden, reglas claras y estándares de gestión, muy distinta a la imagen de improvisación que suele dominar el discurso público.

Por último, vale la pena destacar el aporte de los edificios de viviendas turísticas a la seguridad urbana. Estos inmuebles pueden implementar sistemas de videovigilancia profesional que resultan viables tanto para monitoreo preventivo como para apoyo en investigación forense. A diferencia de unidades dispersas, un edificio permite centralizar cámaras, protocolos y personal capacitado, generando información útil y trazable.

Desde AMVITUR ya hemos propuesto este esquema formalmente a la autoridad, con la posibilidad de interconexión y coordinación con el C5, lo que fortalecería la prevención del delito y la capacidad de respuesta ante incidentes. Así, los edificios de viviendas turísticas no sólo ordenan la actividad económica, sino que también pueden integrarse de manera activa a la estrategia de seguridad de la ciudad

El debate sobre ciudad y vivienda exige matices. Las viviendas turísticas son parte de la solución. Cuando operan de manera regulada y profesional, han demostrado su capacidad para rescatar edificios olvidados, aportar orden y seguridad al entorno urbano, generar inversión y ampliar opciones habitacionales.

Tal vez el mayor reto sea replantear la pregunta. No se trata de decidir si este modelo debe existir o no, sino de cómo aprovecharlo para que las ciudades recuperen espacios, ganen vitalidad y ofrezcan oportunidades reales a quienes hoy buscan un lugar digno donde vivir.

En el contexto de este diálogo todas y todos tenemos algo que aportar.

POR SEAN CÁZARES AHEARNE

DIRECTOR GENERAL DE LA ASOCIACIÓN MEXICANA DE VIVIENDAS TURÍSTICAS (AMVITUR)

Publicado en El Heraldo de México